El día después

Lo temo, lo anticipo, lo se: para Clémence, que me está esperando, que no pudo pedalear el último tramo de Londres a París, será una experiencia decepcionante leer esta crónica. ¿Con quién me metí? Pensará. Después de dar la vuelta al mundo juntos, a punto de formar una familia, ¿se pone a escribir sobre fútbol?

Hombres.

Ayer iba pedaleando. Eran las 6 de la tarde. Se acercaba la noche. Y como siempre, como todas las tardes cuando comienza a caer el sol, necesitaba un lugar para dormir. Pero era un día especial: jugaba la selección Argentina contra Ecuador. Allá en la altura: complicado. Último partido de la eliminatoria del mundial. Opciones: ganar o tragedia nacional. Jugaba a la 1.30 de la mañana, hora de Francia. Tarde. Muy tarde para un ciclista cansado, fatigado, liquidado por la falta de actividad deportiva como consecuencia de una visita de un mes a su país que lo dejó más gordo y sedentario. La madre que te hace comer y que no te deja lavar ni un plato. Los amigos que se ofenden si comés poco asado. Los cafés y las facturas. Los mates y los bizcochitos.

Una y media de la mañana. Argentina. La selección. Buscaba un lugar para dormir. Cualquier cosa, pero con una condición: con WiFi. Internet para ver el partido online. Una señora me sugirió ver al alcalde del pueblo ese que está acá nomás, a 5 kilómetros, que es muy buena persona y que ahí tienen un saloncito comunal con cocina y WiFi y que seguro te pueden ayudar.

Lo busqué. Lo encontré. Al pueblo y al alcalde. Le conté la historia del viaje y le mentí: le dije que necesitaba un lugar para dormir al interior porque se venía la lluvia. Me dijo que sí, que no había problema, y buscó una llave que para mis nervios demoró en encontrar. Probó una; no andaba. Otra; tampoco. Hasta que acertó. Aliviado, me asomé al interior y me decepcioné al ver el salón en obras, destruido, dinamitado, todo el piso levantado, lleno de cascotes y tierra. Había, sin embargo, en el fondo, una de las cuatro esquinas que safaba, una especie de vacío en el caos en el que calculé que entraba el colchón y pensé que bueno, que ya había estado peor y que con tal de ver el partido…

¿Está bien? Preguntó dudando y un poco avergonzado el alcalde. Y le mentí otra vez y le dije que sí. Todo bien. Luego le hice la gran pregunta: ¿Tienen WiFi acá? Y mentí, una vez más, lo puse como una cuestión de estado, intenté tocar el nervio sensible, manipulé, aclaré el motivo del pedido: necesito comunicarme con la familia. Para que contar una historia tan larga de una pasión que ni yo comprendo, pensé. Y dijo que no. Que había WiFi pero que él no sabía el código. Pensé en insistir, en pedirle que llame a la secretaria para preguntárselo, en llorar por mi madre que estaba allá lejos. Pero a esa altura ya no me dio la cara. Así que me resigné, acomodé unos cartones en el rincón, inflé mi colchón, intenté hacer del lugar algo menos deprimente, cociné algo y me acosté a ver una película. Luego me dormí pensando en el partido que ya estaba por comenzar tan lejos de mí, soñando, imaginando un partidazo de Messi. Me dormí, me desperté a las 3. A esa altura la cosa estaba definida en Sudamérica, medité. Me dormí. Me desperté a las 5. Nervioso. Todo estaba ahí en Google. Tan lejos y tan cerca. Finalmente, 7 de la mañana, preparé mi bicicleta y salí, desesperado, como un loco. En la ruta no había nadie. Seguí. Pedaleaba con el WiFi del celular activado buscando una señal como un buscador de tesoros. Y la vi, a esa señora, la única, el primer ser humano del día. Ella me vio tan traumado que se asustó. Le dije que necesitaba conectarme a Internet urgente ¿Usted tiene? Dijo que sí. ¡Que funcione por favor! Metí el código larguísimo. Francia tiene los códigos de WiFi más largos del mundo, detalle al margen. Y conectó. Entraron mensajes de whatsapp que ignoré. En ese momento me hubiese importado un bledo un correo del papa Francisco. Google: ecuador argentina. Y ahí estaba. Nunca lo olvidaré. La luz irradiada de la pantalla de mi celular. El negro bien negro de los números contrastado sobre el blanco brilloso se imprimió en mis pupilas: 1-3

Tres de Messi. Emoción perfecta.

Y lo primero que pensé fue en todos los que esperaban que Argentina quedase fuera del mundial. En la bronca que se comieron. En todos aquellos sádicos que con ensañamiento esperaban confirmar, sentenciar, acusar: Messi no sirve. Es un pecho frío.

Maradonianos. Fanáticos.

Lo se. No es para tanto. Es fútbol. 22 boludos corriendo atrás de una pelota. El opio de los pueblos. Lo que sea. Pero hay pasiones, como amores, que no se explican. Se sienten. Además, por primera vez en mi vida, siento real la posibilidad de ver un partido de un mundial. En los próximos años voy a vivir en Europa, y eso me deja bastante bien parado para ir hasta allá. Un tirón. En bicicleta o low cost. Una caña al aire. Derroche de superficialidad. Decir que lo vi, y en un mundial. Decir que lo vi a él, al que dicen, no pocos, que puede ser el mejor jugador de la historia del fútbol. De todos los tiempos. Nada menos.

Hoy seguí pedaleando hacia París. Liviano, feliz. Cantando canciones de hinchada como un barra brava perdido, desubicado, descontextualizado, parado en los pedales, revoleando nada, colgado de una bandera imaginaria. Y sí. Si al final la vida se va en esas cosas: la familia, los amigos, los viajes, las pasiones. Nada complicado. Y está bien que sea así.



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